Obra en los ojos. Fotografías de José Luis Ortiz. La exposición de octubre en el Padedondehelarte.

 

Texto de presentación de Ricardo Duerto y nota biográfica del fotógrafo.

Entre la pulcritud ortogonal de un plano desplegado por vez primera y la solidez tridimensional de una obra arquitectónica recién terminada, se extiende un proceso constructivo a cuyos principales materiales se suma, inevitablemente, la aleación del tiempo. La cámara de José Luis Ortiz merodea ese punto intermedio entre la zona cero y la línea omega. Traspasa el área pública acotada por la señal triangular de peligro y se planta en mitad de la polvareda, ese volátil síntoma del progreso.

Obra en los ojos cobra sentido en ese intervalo creativo, allí donde los sueños de un constructor de sueños adquieren forma y color poco a poco, en el largo periodo que puede mediar de un cerrar a un abrir de ojos. Igualmente, entre el clic de un disparo fotográfico y su enmarcado final hay un periodo de maduración en el que las imágenes cambian de piel y mudan sus tonos. Tras fijar el instante de máxima alteración en una eterna fracción de segundo, las fotos mutan y pasan a ser otra cosa. Lo que tienes ante tus ojos es justamente el milagro de esa doble metamorfosis: obras cambiantes que son fotos definitivas, fotos cambiantes que son obras definitivas.

A la manera clásica, se llamó opus in fieri a ese estado en vías de desarrollo. El renacido tema del work in progress es su término actualizado. José Luis participa del signo de estos tiempos, días en los que la trama importa más que el desenlace y en donde nos complace descubrir que el espectáculo final es fruto del arte de los preparativos. Acostumbrados a seguir, con idéntica perplejidad, la preparación de un plato, el cómo se hizo una película o la lenta elaboración del cuadro de un tornasolado membrillo. Embobados en la gestación para atisbar mejor el milagro del alumbramiento.

Las artes espaciales se definen por que basta un simple parpadeo para abarcar una fachada, un templo, el boceto de una ciudad entera. Pero estamos ante otro tipo de placer, mucho más melódico, como una página arrancada del álbum de esa sucesión de fotos hechas diariamente a la misma esquina por el estanquero de la película Smoke. En donde el paso de una nube o el peso de una sombra son determinantes. Un asunto más arriesgado y más físico. Para digerir correctamente estas fotografías hay que dejarse deslizar por el interior de las tuberías, ser capaz de sentir el temblor de un mecanismo o soportar el fragor de la maquinaria. Y saber mirar a ras de suelo o a la altura de un voladizo para poder atrapar ese espacio temporal, ese provisional lugar de los hechos habitualmente llamado “zona de obras”, donde se sondea y se proyecta, donde se socava y se asciende. Tras el edificio inaugurado o tras la foto positivada, tampoco nada habrá terminado. Ortiz seguirá ahí, puertas adentro, con el sismógrafo en la mano y el calibre en la otra. Proclama desde hace tiempo que, en arquitectura, como en fotografía, lo que se nos muestra es un todo orgánico, un completo incompleto. Variable y vivo, y que no otra cosa es el arte.

José Luis Ortiz empezó a ejercer como arquitecto con una cámara fotográfica en las manos; y, en los últimos años, cuando ha salido a hacer fotos, le he podido ver acodado en la inestabilidad de cualquier valla, asomado a todas las zanjas, como un reportero en época de guerrilla. Y, como si dispusiera de un íntimo doble juego de espejos, consigue sentar a Fotografía y a Arquitectura cara a cara, conversando a pecho descubierto, obra sobre obra. José Luis conoce lo que una y otra podrían enseñarse y hasta callarse en ese vis-à-vis. Así lo muestra.

Obra en los ojos obra –abre– los ojos. Opera en ellos y actúa sobre la retina y más allá. Hasta el punto de que, al finalizar la visión de las obras, seguros del paso del tiempo, sabremos con certeza que esos efímeros momentos congelados por la cámara serán siempre los mismos y siempre diferentes. Las fotografías aquí expuestas volverán a recrearse a cada nueva mirada, y, lo que es mejor, nuestros ojos conservarán (quizás) el color de su iris, pero resultarán irremediablemente otros, mucho más dilatados. Y atentos ya a cada paso, cautivados por el mínimo detalle, al doblar la siguiente esquina nos dejaremos asaltar, a punta de escuadra y de objetivo, por una vieja sensación, acribillados por una vieja, esquiva y caprichosa dama con ojos de diosa. La belleza.

R.D.R.


José Luis Ortiz Ramos (Villanueva de Gállego, Zaragoza, 1962). Se trasladó con 18 años desde su pueblo natal a la ciudad de Sevilla. Allí estudió Bellas Artes y terminó la carrera de Arquitectura, que viene ejerciéndo, desde 1995, en su estudio de la sierra de Cádiz.

Desde la adolescencia se interesó por la pintura y la fotografía. En su caso han ido siempre de la mano, sin saber muy bien qué va por delante. En su primera exposición fotográfica, en el Ateneo de Mahón (Menorca, 1989), presentó fotografías surgidas de sus pinceles, pintando directamente sobre el negativo. A partir de ahí, en las siguientes colecciones siguió experimentando con coloraciones fotográficas (Coloracción, 1998).

Su penúltimo proyecto fotográfico estuvo vinculado a la danza contemporánea. En la presente colección, Obra en los ojos, suma la temática arquitectónica a su personal sello artístico, entre poético y pictórico.

Clica aquí para obtener más información, otros textos y las fotos de la exposición.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies